Vivir la India    

María Gabriela Mata Carnevali

El 15 de febrero partimos en un viaje memorable por la India que, paralelamente al logro de objetivos laborales, nos permitió algo a lo cual otorgamos mucho valor, como es el haber podido compartir con su gente y vivir la India “desde adentro” y no a través de los libros. En otras palabras: disfrutar la belleza de sus paisajes y monumentos, escuchar la musicalidad de sus diferentes idiomas, sentir la danza que provocan sus ricas armonías, saborear sus múltiples platos aromatizados con finas especies, rozar su espiritualidad, sufrir los marcados contrastes sociales, tratar en vano de entender el críquet (el deporte nacional), esperar que una vaca termine de cruzar la calle para continuar tu camino, no sorprenderte de ver al lado de tu carro un camello o un elefante a la espera de la luz verde de un semáforo, llorar con los dramas de Bollywood (la gigantesca industria fílmica india), en fin, soñar lo que viene...

Este viaje nos llevó vertiginosamente del siglo II antes de Cristo hasta nuestros días, comenzando por la devoción tallada magistralmente en las cuevas de Ajanta y Ellora de Aurangabad, y en los corazones fervorosos de la gente de Varanasi y Vrindabana ( sin importar si son hindúes o budistas); pasando por las invasiones árabes a partir del año 712 y el dominio musulmán que toma forma en 1206 con el llamado Sultanato de Delhi, reflejados en los palacios de Tipu Sultan en Mysore, la imponente figura del Fuerte Rojo y la majestuosidad del amor en el Taj Mahal de Agra, la ciudad rosada de Jaipur, y en general, en la práctica religiosa de los millones de musulmanes indios; por el erotismo de los templos de Khajuraho en Madhya Pradesh, representación de la unión de lo masculino y lo femenino como una energía fundamental base de toda creación; por el menos excitante período de colonización inglés que va desde inicios del siglo XVII hasta mediados del siglo XX, del cual datan la mayoría de los edificios de gobierno y la conversión de la minoría cristiana; por la originalidad de la lucha por la independencia conducida en paz por un Alma Grande y concretada en 1947, y los 58 años de logros y fracasos de la mayor democracia del mundo; and last but not least , por la convicción de que es necesario defender a como dé lugar la dignidad humana, que tiene su principal bastión en las escuelas Gandhianas de Ahmedabad...

En general podemos decir que nos encontramos con una India en transición, con muchos contrastes en lo económico, algo desgastada en la cosmopolita Mumbai, pensada en la liberal Delhi, cuestionada en el estado comunista de Bengala, y pujante en el Sillicon Valley de Chennai y Bangalore... Pero es fácil vislumbrar su consolidación definitiva como una gran potencia de Asia para el mundo.

Surge entonces la inquietud sobre si ante semejante impulso será capaz de conservar la riqueza de su patrimonio cultural, que viene dada no sólo por sus más de cinco mil años de historia, sino, sobre todo, por la convivencia de muchas culturas en una. Y es que como le escucháramos decir a un profesor universitario: “El rasgo distintivo del espíritu de la India es el carácter plural de su sociedad, su capacidad de abarcar y asimilar las ideas e influencias de toda fuente, su elasticidad para resistir a las embestidas violentas ocasionales... No se trata de una cultura enterrada en el pasado, sino una cultura viva que ha evolucionado con los tiempos, sin perder sus amarras. Una cultura que ha adoptado todo lo que es bueno de otras culturas y en el proceso se ha enriquecido”

Hasta ahora parece estar dándole una buena batalla a la uniformización cultural que acompaña a la globalización. La mayoría de las mujeres se siente orgullosa de vestir el tradicional sari, y no es raro ver a los hombres con sus kurtas, camisas largas que se adecuan mucho mejor al clima de la India que el saco y la corbata. En materia de alimentos, la hamburguesa no ha logrado destronar al tali. En cuanto a las bebidas, hay coca cola, por supuesto, pero no puede compararse con el lassi, deliciosa preparación a base de yogurt, o el Limka, refresco de mango natural embotellado al mejor estilo occidental.

Al final se nos planteó un reto fascinante: Descubrir qué hace posible y cómo puede definirse la unidad en medio de tanta diversidad, pero eso puede tomar no uno, sino varios viajes.

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